Negociación colectiva: McKinsey y las líneas rojas

Una consultora es una empresa que asesora a otras empresas e instituciones en su gestión con el fin de maximizar su rentabilidad y beneficio. El abanico de servicios que ofrecen es tan amplio y ambiguo como el propio capitalismo que todo lo invade y convierte en mercancía.

Nada bueno podemos esperar de una negociación donde el lado empresarial de la mesa está asesorado por una consultora genuina representante del capitalismo más salvaje y con un equipo directivo en la multinacional proveniente de la misma escuela

Las consultoras, cada vez más, actúan como un verdadero lobby, por un lado asesoran a instituciones y gobiernos en privatizaciones y externalizaciones de servicios públicos, presionan a los entes reguladores para introducir legislaciones que favorezcan los intereses de empresas privadas para las que también actúan de mediadoras, diseñan campañas de marketing para generar corrientes de opinión favorables a temas tan diversos como los supuestos beneficios de los transgénicos, la necesidad de pensiones privadas o las excelencias de la sanidad privada o el 5G.

Las consultoras se nutren de profesionales que se forman en las escuelas de empresariales más punteras del mundo occidental y desarrollan su trabajo en un ambiente de fuerte competitividad en el que sólo sobreviven quienes progresan constantemente. Es el capitalismo sin escrúpulos, donde todo vale mientras la cuenta de resultados siga creciendo y la parte humana se reduce a meras campañas de marketing y responsabilidad social corporativa que nos venden los pretendidos valores empresariales e intentan convencernos de que vivimos en un mundo maravilloso y justo gracias al capitalismo. El mismo sistema depredador que explota a la inmensa mayoría de las que trabajamos, que expolia continentes enteros, que destruye el planeta, que genera guerras, desigualdad y miseria.

Muchas personas que trabajaron en consultorías hoy ocupan puestos directivos y en los consejos de administración de las mismas empresas que asesoraban, cerrando así el círculo que asegura los intereses de la élite empresarial. Este es el caso de McKinsey&Company, una consultora que lleva muchos años asesorando a Telefónica en sus planes estratégicos, como a otras muchas empresas del Ibex35, y que ahora tiene varios miembros de ‘su familia’ en el equipo directivo del Grupo Telefónica. Esta consultora asesora y ha asesorado en numerosas privatizaciones (YPF en Argentina, PEMEX en México, AENA y Loterías en España..), estuvo relacionada con ENRON antes de su caída, también con la debacle de Terra, con el calendario de recortes de los salarios de controladores aéreos, con los accidentes de ferrocarril de Railtrack en el Reino Unido debidos a su consejo de reducir el mantenimiento a ‘cuando hiciera falta’, así como con muchos despidos en las empresas que le consultan.

A nadie se le escapa que ambos lados de la mesa comparten intereses en Fonditel, tampoco podemos pasar por alto que la situación sindical privilegiada de los ‘mayoritarios’ está propiciada por la generosidad empresarial

Nada bueno podemos esperar de una negociación donde el lado empresarial de la mesa está asesorado por una consultora genuina representante del capitalismo más salvaje y con un equipo directivo en la multinacional (el que tiene la última palabra) proveniente de la misma escuela. En el otro lado de la mesa están dos sindicatos harto conocidos por la plantilla, se les conoce por ‘los mayoritarios’ por aquello de la mayoría que poseen en los órganos de representación de las tres empresas para las que se negocia el CEV, también porque han utilizado esta posición predominante para controlar la disidencia sindical de ‘los minoritarios’, aquellos que representamos una alternativa al sindicalismo del pacto que tanto ha contribuido a la pérdida de derechos laborales y al enriquecimiento empresarial.

Entre ambos lados de la mesa se dibujan las líneas rojas, esta expresión tan de moda y a la vez tan vacía que dibuja un límite imaginario entre lo que es asumible y lo que no lo es para quienes representan a la multinacional y sus intereses por un lado, y para quienes dicen representar a toda la plantilla por el otro. Pero, como ocurre en el mundo de la política, las líneas rojas pueden variar su trazado, tamaño y color según el papel que jueguen los intereses ocultos (y no tan ocultos) que influyan en alguna de las partes.

A nadie se le escapa que ambos lados de la mesa comparten intereses en Fonditel, tampoco podemos pasar por alto que la situación sindical privilegiada de los ‘mayoritarios’ está propiciada por la generosidad empresarial, ni conocemos las relaciones de poder que envuelven a las cúpulas de los sindicatos negociadores, así que las líneas rojas pueden mutar en algo bien distinto.

Lo que tenemos claro es que no habrá nadie neutral entorno a la mesa de negociación para narrar lo realmente ocurrido y que la información llegará sesgada a la plantilla, convenientemente predigerida para construir un discurso favorable a lo que finalmente pretendan firmar. No faltarán los cantos de sirena que traerán promesas de una jubilación dorada, o la maravillosa empleabilidad que nos hará olvidar el temor a perder el puesto de trabajo, o la eterna subida salarial que nos garantizará seguir viviendo por encima de nuestras posibilidades, jugarán con nuestros deseos y miedos para alcanzar sus objetivos, que sin duda no son los nuestros.

Dice el multimillonario Warren Buffet que ‘hay una guerra de clases y la estamos ganando nosotros’ y no es extraño si la única defensa que nos queda son las famosas líneas rojas. Si queremos enfrentarnos al capitalismo salvaje que representan McKinsey y Telefónica, necesitaremos tener toda la información que está sobre la mesa, queremos saber lo que nos jugamos, también deberemos organizarnos para defendernos, este debe ser el papel de los sindicatos.

La historia de la negociación colectiva en Telefónica desde principios de los 90 es como una larga vía de tren cuyas traviesas son la infinidad de líneas rojas que se han cruzado y que nos acercan al descarrilamiento al terminar la vía, quizás sea el momento de parar las máquinas y recuperar terreno perdido.